Comentarios Jorge Cuadrado
El día del odio
Esta mañana, mi incondicional amigo y extraordinario profesional, Roberto Battaglino, me recordaba una escena de la película “El secreto de sus ojos”, en la que el personaje que representa Pablo Rago le decía al de Ricardo Darín: No sabe el esfuerzo que tuve que hacer para mantener vivo el odio durante tantos años.
Rago tenía un motivo para defender ese impulso: ese alguien al que quería odiar le había causado intencionalmente el peor de los daños que le pueden causar a una persona.
Ahora, ¿cuántas clases más de odios son tolerables? ¿Quién tiene derecho a odiar a otro, y por qué?
Preguntas nomás, que se me ocurrieron gracias a Roberto B.
Lo atamo con alambre
Cuando nos volvimos rapidito de Corea-Japón, nos aburrimos como hongos el resto del mundial. Porque no sé qué tienen estos mundiales que le despiertan a uno ciertas ganas de apasionarse.
El recuerdo de ese tedio me impidió amargarme del todo ayer, al ver que irremediablemente nos clasificaríamos. Porque, está claro, si hubiese podido arrancarme el bobo, tenía muchas ganas de que quedáramos afuera.
No me puteen todavía, permítanme explicar.
La AFA es una corporación que hace más de treinta años tiene el mismo padrino que maneja casi a su antojo miles de millones de pesos del negocio del fútbol. Tal mandamás, para sacarse la soga del cuello cuando renunció Basile, digitó al Maradona técnico. La razón es muy simple: un fracaso de la selección de Maradona sería más un fracaso de Maradona que de Grondona, que podría salir del paso diciendo: “Y… yo puse al ídolo máximo de nuestro fútbol, como querían muchos” (un recursos típico de la política dañina).
En fin, lo cierto es que el DT se portó como se suponía se iba a portar. Los jugadores gritan en los pasillos que no les dan bola, muchos cuentan que el hombre se levanta al mediodía, que en las prácticas andan a la deriva y hasta hubo un par de “estrellas” que tuvieron que llamar a los preparadores físicos de sus equipos para que les dieran un plan de trabajo porque “acá no hacemos nada”.
Consecuencia de ello, la selección que iba segunda cuando se fue Basile terminó cuarta con suerte, casi afuera y jugando muy mal.
Pero clasificamos, y esa es la cuestión.
¿Para qúé vamos a hacer las cosas bien si haciéndolas mal lo mismo nos alcanza? En esta “ética del resultado” que impera en las pampas, no importa el camino, importa la meta (y yo que me pasé la vida diciéndole a mi hijo que si hacía las cosas con pasión, ahínco y decencia, no importaba tanto a dónde pudiera llegar).
Por eso quería qu quedáramos afuera del mundial. Para que no volviera a imponerse esto de que “no importa por el camino que llegues, importa llegar”. Porque, atenti, hay tanto talento en esa selección, que hasta podemos ser campeones, por qué no.
La democracia la revolución y las verdades absolutas
Nací en el 65. Tenía once años cuando el golpe del 76 y diecisiete cuando empecé a cantar “se va a acabar la dictadura militar”. Quiero decir que soy de la generación de la democracia. De la generación post dictadura, post revolución.
En los 70, la democracia no estaba de moda. No era un “objetivo esencial”. La revolución lo era. Lo revolucionarios aspiraban a desalojar del poder a los opresores e imponer sus ideas de libertad, igualdad y fraternidad.
Nuestra generación no tuvo la necesidad de desalojar ninguna dictadura. Se desalojó sola después de Malvinas. Las dictaduras Se fueron cayendo como piezas de dominó en toda Latinoamérica por múltiples factores que sería extenso analizar.
Lo cierto es que no crecimos (los del 65 en adelante), con la idea de “imponer” ningún concepto de libertad, igualdad y fraternidad. Crecimos con la idea de lograr un consenso respecto de qué significaba cada uno de los conceptos y cuál era el modo adecuado para llevarlos a cabo.
Crecimos y aprendimos que el diálogo y el consenso mejoran las iniciativas y sobre todo, nos ponen a salvo de las equivocaciones mesiánicas. Pero, sobre todo, entendimos que la posibilidad de no tener razón nos obligaba a escuchar al otro.
El autoritarismo no opera del mismo modo. El militarismo golpista, por ejemplo, se preciaba de ser el dueño de la verdad: defender los valores de la patria y el cristo rey. Y eran capaces de matar a todos quienes entendieran otra cosa. Los revolucionarios, que tienen el mérito de ser los primeros en resistirse a la tiranía, siguen creyendo que la verdad y la justicia son valores absolutos que sólo ellos poseen y, por lo tanto, quienes disienten o rechazan tan nobles propósitos son dictadores en potencia o ignorantes a los que hay que adoctrinar.
No soy quien para asegurar que el mejor camino es la democracia o la revolución. Pero me asustan las veraddes absolutas: “Dios existe”, “El estado soy yo”, “La mano invisible regula el mercado”, “La dictadura del proletariado es el paso de la opresión capitalista a la redención socialista”. Creo que la defensa de las verdades absolutas genera fanáticos, y los fanáticos injurian, agravian, descalifican, matan sólo por pensar distinto. La idea de no tener razón, la duda, o más aun, como plantea Borges, el querer que “el otro tenga razón”, puede que demore la corporización de la libertad, la igualdad, la fraternidad, pero prefiero esa demora. Me sabe más humana.
Lo que la ley de medios no dice
Para no repetir sobre lo mucho que se ha hablado, mi opinión sobre el debate es casi la misma que la contenida en el discurso de Ernesto Sanz, el sábado a la madrugada (ojo que me pareció de muy buen nivel el de Ríos, oficialista correntino, y, aunque no comparto la filosofía que lo sostuvo, también me pareció de nivel el discurso de Pichetto, el presidente del bloque K).
Pero voy ahora a lo que no se debatió en la ley y que, a mi juicio, desnuda un desconocimiento absoluto de unos y otros sobre cómo es el ejercicio cotidiano del oficio de periodista (y afines).
Vamos al grano. Directo a la libertad de prensa y al discurso de escuchar “todas las voces”. Voy a enumerar los hechos habituales que conspiran contra la libertad de dar y recibir información.
1) La pauta oficial.
En los grandes medios de Córdoba, la pauta del gobierno de la provincia representa un poco más del 10% del total. Eso es mucho pero no lo suficiente para imponer condiciones. Los medios que tienen sólo un 10% de publicidad oficial pueden prescindir de ella y seguir operando. Pero la gran mayoría de los medios y especialmente de los programas “independientes” del cable no podrían subsistir sin el aporte de la Lotería, el Banco de Córdoba, etc. Hay que recorrer el interior para saber lo que sufren los periodistas de ciudades y pueblos porque apenas hablan mal del intendente de turno les quitan la publicidad oficial y el medio se asfixia. Esa realidad es trasladable a casi todas las jurisdicciones. Incluso en la Capital Federal, hay medios que no podrían seguir viviendo sin la publicidad oficial.
Pues bien, el reparto discrecional de los dineros públicos en los medios (editorial Perfil no recibe un peso desde hace años) NO ESTÁ ACOTADO en la nueva ley. Hay una mínima referencia al reparto equitativo sin decir cómo ni cuánto.
2) La obligación de informar del Estado.
En el Congreso duerme desde hace años el sueño de los justos, la ley que reglamente el derecho constitucional de acceder a todas las fuentes de información pública. Desde declaraciones juradas, registros de bienes, elaboración de pliegos de licitación, estadísticas sobre concesiones de obra pública, etc. Si el Estado quiere informar informa y si no, no tiene ley que sancione a nadie.
De este tema, por supuesto, TAMPOCO HAY NADA en la nueva ley de medios.
3) Cláusula de conciencia y obligación de informar de los medios
Por más privado que sea, un medio de comunicación no puede negarle a sus periodistas el derecho a informar sobre un asunto si el periodista cumple con las normas profesionales de rigor informativo. No hay legislación alguna que amapre al periodista en este sentido, como por ejemplo, que el despido de un periodista no debe dejar el menor atisbo de duda deque no se trata de una cuestión de censura, o que tuvera doble o triple. En ese sentido, están mejor protegidos los delegados sindicales que la libertad de prensa.
Por supuesto, ni esta ley ni ninguna, DICEN NADA del asunto.
4) La imparcialidad de los medios públicos
Canal 7 y radio Nacional, por citar sólo dos ejemplos, siempre han estado al sevicio del gobierno de turno. Nunca fueron medios públicos. A sus autoridades las designa directamente el poder Ejecutivo. Esa es la razón por la que se escuchan y se ven poco y por lo tanto tienen escasa incidencia en la opinión pública (principal motivo de preocupación de esta ley). En Inglaterra, por ejemplo, la BBC tiene un presupuesto independiente porque los ciudadanos pagan un impuesto específico para sostener ese sistema de medios públicos. Además, sus directivos son nominados con acuerdo parlamentario especial, de manera tal de que están a salvo de la injerencia directa del primer ministro y su partido político. Eso genera que el medio tenga una altísima credibilidad en la opinión pública y por lo tanto una fuerte incidencia en la agenda temática de la sociedad. De esta forma, marca una línea que actúa como parámetro para los medios privados. Lo mismo ocurre con la televisión española, que en general lidera los niveles de audicencia por sobre Antena 3 o Canal +. O la televisión francesa. La RAI, por ejemplo tiene tres señales: una cultural, una deportiva y una popular. Y las tres funcionan bien (aunque como los italianos son culturalmente muy parecidos a nosotros, suelen tener fuertes polémicas sobre el control que pretenden ejercer los gobiernos).
De esto TAMPOCO DICE NADA la nueva ley.
Son sólo algunos puntos ausentes del debate y que en realidad son el alma de la libertad de expresión. Quiero decir con esto que ni la sanción ni la no sanción de esta ley protegían la libertad de expresión, y que ser periodistas íntegros, honestos y valientes depende más del cuero de cada quién y de la buena o mala voluntad del dueño del medio que de una legislación que desampara y, por lo visto, va a seguir desamparando.
Calar a las personas
Ahora no sé, pero cuando yo era chico se vendían sandías caladas. A pedido del comprador, el verdulero le hacía una incisión a la sandía y extraías un trozo, digamos, piramidal. De su degustación podía saberse si la sandía estaba desabrida o no. En general, a la gente le daba vergüenza decir que estaba fea y se la llevaba igual. Quizás compraba, eso sí, un pedazo más chico.
Sinceramente, nunca me pregunté qué hacía el verdulero con las sandías que calaba y calaba y nadie compraba. Con tantas “heridas”, era altamente posibe que la sandía no sirviera ya para nada.
Ahora que tengo unos años más que entonces, y cierta capacidad de preguntarme a dónde van a parar las sandías caladas que no se compran, voy en busca de la destreza para detectar gente que “cala” a la gente. Que le hace pequeñas incisiones para ver cómo son. Compradores de cientes, amigos, parejas, amantes, que andan por la vida con un bisturí, probando carne humana, antes de admitirlo en su círculo íntimo.
Igual que las sandías, es seguro, andan por ahí cientos, miles de personas llenas de incisiones que les hicieron los que querían probarlos.
Esa pobre gente, como las pobres sandías, no tiene destino.
Chuparse a las cinco
Es viernes. Y soy joven. Y no se va a vender alcohol después de la cinco de la mañana. Qué joda! Habrá que chuparse antes de las cinco, y que dure. Ah, también piensan sacar los after hour. ¿Y qué nos van a dar para hacer? Seguro van a hacer campeonatos deportivos y concursos artísticos. El intendente anunciará un mundial escolar de matemáticas en el Cerutti y uno de ajedrez en el polideportivo General Paz. Y anunciarán desgravación impositiva para quienes hagan cine en la ciudad y hasta una ordenanza para fomentar la edición de libros entre quienes no tienen posibilidad de hacerlo. Luego se van a reunir con Cultura de la Provincia y juntos van a organizar festivales de teatros juveniles y pondrán a los funcionarios a trabajar con los músicos de la ciudad para montar la mejor academia musical que se haya conocido en el país.
Y en las escuelas municipales empezarán a trabajar fuerte en el incentivo al atletismo y la natación.
Ahora, espero que si no hacen todo eso me dejen el fernet, y mi after hour, y mi boliche, y me voy a chupar antes de la cinco de la mañana, si no, ¿qué carajo voy a hacer?
No quiero conocer Sudáfrica
Hace treinta años que Grondona está en la AFA. Que nadie tira la cadena sin preguntarle si le molesta el ruido. Cuarenta años en los que los clubes se volvieron cada vez más pobres y muchos dirigentes e intermediarios cada vez más ricos.
Si Argentina no clasificara para el mundial sería una comprobación futbolera del daño que hacen los reinados/emiratos/autoritarismos, también en el terreno de lo “práctico”. Y hasta podríamos demostrar eso de que ser una superestrella no otorga derecho sobre todas las cosas.
Desde esa perspectiva, si hacen falta fracasos de esa índole para aprender algo, entonces me gustaría que los peruanos y los uruguayos nos dejaran sin mundial.
Pero, me temo que le ganemos a Perú por un golcito o dos, que Uruguay llegue a jugar frente a nosotros sin chances de nada y que nos clasifiquemos angustiosamente. Entonces nos olvidaremos rápido de las tiranías futboleras, de la corrupción, de la soberbia, de la ineptitud, daremos rienda suelta a nuestra alegría, volveremos a ver aquel gol de Maradona a los ingleses y recordaremos, sin dudas, que somos los mejores del mundo.
El fin del libro y algo más
Hace poco, un librero amigo me contó de los google books y de los e-books. De la era digital que se venía y que complicaba el futuro del libro en papel.
Se adelantó a las objeciones. Ahora, dijo, muchos prefieren seguir teniendo el libro en las manos, oler el papel, la tinta, pero los Nacidos y Criados en internet ya no sentirán esa devoción.
Confieso que le dije: digital o no digital, el libro se muere porque cada vez se lee menos, en papel, en internet o donde sea. Cualquiera que ve que le llegó un mail largo, rezonga como si le hubiesen insultado la madre. Creo incluso, que esto que estoy escribiendo ya superó la cantidad de palabras admitidas por la comunidad virtual.
Y a los que dicen que los libros atravesaron siglos y siglos les recuerdo que la reproducción de imagen en movimiento tiene cien años. La televisión bastante menos y la interactividad está apenas naciendo. Y eso mata no sólo al libro, mata la lectura.
Wikipedia está reemplazando a pasos agigantados a la enciclopedia y a cualquier otro libro de texto. El problema es que de Wikipedia sólo leemos los títulos y un par renglones (cuando nos cansamos de Youtube, por supuesto).
Hay que encontrar la calidad en lo breve, dicen algunos. Pero el problema no sólo es lo breve. Cualquier cosa que demande esfuerzo de interpretación es rechazada, por más corta que sea.
En fin, más que preocuparme, el tema me desespera. Y basta, que ya saldrá alguien a poner zzzzzzzzzzz porque el texto es largo y, quizás, un poco complicado.
Gracias por el fuego
Cuando se sancionó el “impuesto al fuego” ($12 por boleta de luz), muchos ciudadanos dudaron de que los más de 50 millones anuales que se recaudarían fueran a parar sólo a bomberos y afines. Y tenían razón. Aquel impuesto encubierto, aplicado para subsanar los desequilibros provocados por la rebaja del 30% prometida y cumplida por De la Sota en campaña, terminó en la bolsa de gastos comunes y tuvo que ser “blanqueado” por una corrección legislativa que ordenó aplicar lo recaudado a otro tipo de catástrofes no especificadas.
Luego del desastre provocado por los incendios este año, se reinstala la polémica. Ayer, mientras los bomberos voiuntarios de Mendiolaza llamaban a la población a donar pollos y luego comprarlos asados, a los fines de reponer los elementos perdidos en el combate contra el fuego, en la Legislatura RECHAZABAN un proyecto para que todo el dinero recaudado por el “impuesto al fuego” vuelva a su destino original.
El “impuesto al fuego” se suma entonces a una larga lista de imposiciones legisladas para un destino esfecífico y que terminan en rentas generales. Las naftas deberían servir para arreglar las rutas, pagarles mejor a los jubilados; las multas de tránsito deberían servir para mejorar las condiciones viales; etc.
Mientras tanto, el 50% de la economía funciona en negro. Los otros, los que pagan todo, están condenados a aumentos y engaños permanentes.
“LA DIFERENCIA ENTRE DIOS Y LOS MÉDICOS ES QUE DIOS NO SE CREE MÉDICO”
El miércoles a las 20 en el aula magna de Ciencia Exactas, mi amigo el doctor Carlos Presman (co creador de El discreto encanto de los Galenos) presenta su libro “Letra de médico”. Son relatos muy emotivos, algunoscon mucho humor y sarcasmo, sobre la profesión que ejerce desde hace 25 años. Para el que crea que los pacientes no son robots sino gente que necesita de un profesional que los escuche (como dice uno de los relatos, “No podemos pedir una tomografía
computada de la preocupación, un electroencefalograma de la tristeza, un ecocardiograma del dolor, un análisis del desamparo”), les dejo este texto y, por supuesto, quedan invitados a la presentación.
EL ARTE DE CUIDAR
Lo más triste, sin dudas, es el sinamor, el miedo de no amar ni ser amado.
Daniel Salzano
Tendría ocho años cuando empecé a acompañar a mi papá a ver pacientes a domicilio. Salíamos de noche, al terminar el horario de consultorio, en su Rambler Ambassador con levantavidrios eléctrico. A él lo recibían como a un pariente que viene del exterior y a mí me invitaban golosinas y me prestaban juguetes. En algunas ocasiones, mi padre se encerraba horas en la habitación del paciente. Cuando salía, los familiares lloraban, agradecían, y regresábamos a casa. Sin hablarnos, sabíamos que ese paciente había muerto y sin embargo no
estábamos tristes. Él trabajaba y yo aprendía que ese desenlace era natural.
Así comprendí que, a diferencia de mis fantasías, la vida no era infinita.
A mis diecisiete, cuando terminaba el secundario, mi padre me invitó a caminar y me dijo que había sufrido un infarto y tenía pocos años por delante. Como si fuera médico de sí mismo, me explicó su pronóstico y dijo que tendría que aprender a vivir sin él.
Estudié Medicina y comencé a trabajar en el Hospital Nacional de Clínicas el 1° de mayo de 1986. Al día siguiente, mi papá me encontró saliendo de la guardia y confesó que verme allí con guardapolvo de médico había sido el sueño de su vida. Murió una semana después. Por un expreso pedido suyo, lo enterramos en el sector disidente del cementerio San Jerónimo y con este texto en la lápida: “Tiempo de vivir y tiempo de morir”.
En la facultad nunca nos enseñaron a acompañar a un paciente próximo a la muerte. El paradigma universitario era curar enfermedades. El ejercicio de la profesión me enseñó a atender enfermos.
Recuerdo una guardia de terapia intensiva en la que asistimos a la madre de un amigo. Salí a dar el informe de rigor y le dije que no podíamos hacer más nada.
Mi amigo, con los ojos húmedos, me increpó: ¿cómo que no se puede hacer más nada? En ese instante reviví mí desesperación de hijo en la puerta de la terapia intensiva donde falleció mi papá. Recordé su figura, cómo les hablaba a sus pacientes, la forma en que los acompañaba, la manera de transmitirles tranquilidad, y un nudo en el estómago me hizo sentir su ausencia. Soportando la mirada de mi amigo, conmovido y con la voz entrecortada, atiné a responderle
que no había más nada que hacer. Al borde del llanto, él me preguntó: ¿y no me vas a dar un abrazo?
Recién ahí comprendí cabalmente las enseñanzas de mi padre. Que la medicina es fundamentalmente acompañar y que el enemigo no es la muerte sino el sufrimiento.
En la década del noventa empezamos a hablar de cuidados paliativos y sus finalidades: alivio del dolor y otros síntomas; no alargar ni acortar la vida; dar apoyo psicológico, social y espiritual; considerar la muerte como algo normal; reafirmar la importancia de la vida y que sea lo más activa posible; apoyar a la familia durante la enfermedad y el duelo.
Resulta un sarcasmo hablar de muerte digna. A lo sumo aspiramos a no agregar indignidad al hecho de morir, intentamos que sea en un ámbito decoroso, que no desdiga lo que fue la vida del paciente, que sea en compañía de los seres queridos y en el entorno en que ha vivido. Morir suele ser un proceso complicado, salpicado de incidentes. El punto final no puede predecirse con exactitud, aparecen las miserias, las angustias existenciales, la historia
familiar, y el estado de conciencia de quien muere convierte estas líneas en pura retórica.
La relación médico-paciente adquiere en estas circunstancias su máximo sentido, ponerse en el lugar del otro y asumir la propia muerte resulta condición indispensable para acompañar al paciente terminal.
Todo esto aplicaba mi padre desde los años cincuenta y me lo enseñó cuando yo era un niño. Más que el arte de curar se trata del arte de cuidar. A sus pacientes y a mí. Podemos vivir muriendo o morir viviendo, esa es la cuestión.
LO QUE NOS UNE, LO QUE NOS SEPARA
Nuestro amigo, el doctor Carlos Presman, suele sorprendernos con una frase: nosotros somos un archipiélago, un conjunto de islas a las que une lo mismo que las separa.
Nos gusta la frase. Nos gusta esa idea. El mar lleva en sí mismo el aprecio y el desdén.
Y es que, como la verdad, la distancia es también una construcción humana. Para alejarnos inventamos el odio, para acercarnos la tolerancia.
El Gordo, por ejemplo, votó a un tipo que jamás en la vida yo hubiese votado.
Un corrupto, para mí, un atorrante. El Gordo, sin embargo, que no es corrupto ni atorrante, creyó que había que apostar a la construcción polìtica que representaba y que no importaban demasiado sus cualidades personales. Y sin embargo, cada vez que nos abrazamos sentimos que hay lazos indestructibles o, al menos, que no puede destruir una manera distinta de entender cómo se solucionan los problemas del país.
No sé cuál será el criteio que elija cada uno de ustedes para dividir entre amigos y enemigos. De lo que estoy seguro es de que ningún criterio puede ser universal, de que a toda isla la bañan las aguas de un mar ambiguo.
ELOGIO DEL SEGUNDO
“Que se recontrametan la candidatura en el medio del culo”, dijo Reutemann. Me hizo acordar al gran premio de Brasil que se corrió en Jacarépagua, en 1981, cuando iba ganando y le pusieron un cartel para que lo dejara pasar a Alan Jones, el piloto número uno de Williams. ¿Dejar pasar?, se habrá preguntado el Lole, antes de pasarse la orden por el mismo lugar en el que ahora quiere meterle la candidatura al gobierno.
Pero, ¿saben qué?, a Reutemann las rebeldías le duran poco. Porque me parece que él no es ni conservador, ni rebelde ocasional, ni cobarde, ni temerario. A Reutemann no le gusta que le rompan las bolas. Tan simple como eso. Cuando la politica le empieza a molestar, se va a cuidar la soja; cuando la tranquilidad del campo se vuelve insufrible, se anota en la carrera presidencial. A Duhalde se lo hizo saber varias veces: Dejá de espolearme y poné la cara vos, pareció
decir en los últimos días. Duhalde tomó nota y lo dejó de joder.
El Lole no tiene alma de ganador. O, mejor dicho, no tiene el alma de ciertos ganadores que sacrifican vida y hacienda y aceptan cualquier tipo de humillaciones con tal de estar al frente de lo que sea.
Por eso cada dos por tres nos sorprende con actos que aparecen como impropios.
Error. Son tran propios de Reutemann como la parsiomonia con la que pasa el resto de la vida.
N de la R; el autor de esta nota no coincide con muchas de las ideas políticas de Carlos Alberto Reutemann pero le guarda un profundo aprecio personal.
Al autor de esta nota le agradan sobremanera los segundos.
Al autor de esta nota le molesta profundamente la gente que se dedica a romper las bolas.
El autor de esta nota lamenta y pide disculpas si alguien se siente ofendido por el lenguaje soez de algunas frases.
SAN MARTIN Y LA OBEDIENCIA DEBIDA
Como para la mayoría de los argentinos, San Martín también fue mi héroe preferido. Y lo sigue siendo después de muchas lecturas revisionistas y de las otras. Pero la anécdota que más me gusta es la del polvorín. El general quiere entrar con las botas con espuelas puestas y el soldadito centinela le impide la entrada porque el reglamento prohibía entrar así al polvorín. Al parecer, San Martín lo llamó después para felicitarlo. La anécdota deja varias interpreaciones posibles. Mi favorita: la ley está por encima de la autoridad.
O mejor aun, hay que respetar la razón más que la investidura.
La vida me puso en el lugar de ese centinela. Estaba haciendo la colimba y me habían puesto de cuartelero para cuidar todo el armamento expuesto para una auditoría interna. Un domingo a la mañana vino un teniente y me dijo que tenía que ir a limpiar la bosta de sus caballos en la caballeriza. Le dije que no podía porque estaba a cargo de un material importante. Me empezó a gritar, salto de rana, mar!!! carrera mar!!! quién se cree que es soldadito?!!! Me llevó a las caballerizas casi a las patadas. Después me fue a buscar el jefe de
Intendencia y me reputeó por haber abandonado mi puesto.
Quedó claro, ni aquel teniente era San Martín, ni yo aquel centinela.
A partir de ese momento tuve dos anécdotas para recordar y otras varias aristas para analizar. Me pregunté si el centinela actuó así porque sabía la clase de persona que era San Martín, me pregunté sobre el heroísmo, el coraje y la cobardía además de preguntarme por la razón, le ley y la autoridad.
No muchos años después llegó la ley de obediencia debida. Para el presidente que yo había votado, un tipo que violaba, torturaba y asesinaba porque otro lo mandó no era un delincuente.Estaba claro que nuestros centinelas no eran aquellos centinelas y que nuestros generales no eran aquel general.
Pasaron veinte años más. San Martín sigue en la “inmortalidad”. La anécdota está definitivamente muerta.
LOS HIJOS DE 2001
“Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”, cantábamos en diciembre de 2001 batiendo las cacerolas.
Cierta atomización empezó a verse en las elecciones de 2003 con cinco candidatos en casi iguales condiciones de ganar. Finalmente ganó uno que, por poco conocido quizás, podía enarbolar la bandera de la nueva política y rendir honores a la consigna de la Plaza de Mayo. El nuevo presidente no formaba parte de los “todos”.
La ilusión duró lo que duran las ilusiones. Tan “todos” era el nuevo que a poco de andar empezaron a desfilar las mismas caras de siempre. Corrigiendo el axioma de Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, en El Gatopardo, diríamos “que cambie la cabeza para que el cuerpo pueda ser el mismo”. Los nuevos, los pocos verdaderamente nuevos, empezaron a deshilacharse. Por torpeza, por inexperiencia, por incapacidad, por asco, por hastío, y de a poco fueron abandonando también el barco.
En las elecciones de junio quedó clarito. Se sabe quién perdió (”que se vayan todos!”) pero no se sabe quién ganó (”que venga quién sabe quién”). Dicho del modo borgiano, no nos une el amor sino el espanto. Sabemos lo que NO queremos.
No tenemos ni idea de lo que queremos. Al menos una idea común de lo que queremos.
La sensación que tengo es la misma que la de ver una película mala. No la soporto, quiero que se termine cuanto antes, pero sé que voy a salir del cine y ni siquiera voy a tener una ficción para esperanzarme.
Empezar de nuevo
La idea surgió en el programa de la mañana, a raíz de no sé qué efeméride. Lo cierto es que terminamos hablando de si teníamos tiempo de ser grandes científicos o músicos extraordinarios a esta altura del partido. Particularmente creo que sí. Si tuviera tiempo y ganas, podría ser un gran pianista, como alguna vez soñé.
Pero ocurre que el tiempo y las ganas también se van agotando.
Es cierto, puede haber algún que otro héroe que vaya juntando fuerzas con los años. Pero al común de los mortales no nos pasa eso.
Empezar de nuevo es eso. Dejar todo lo hecho por algo distinto. Y por sola voluntad. Hay gente que se ve forzada a empezar de nuevo, que “no tiene otra”. Pero así no vale. Cuando uno no tiene nada que arriesgar, es fácil empezar de nuevo. El problema es de los que atesoraron. ¿Lo pondrían en riesgo por la aventura de la novedad? Me refiero al trabajo, la familia, el amor.
A los 20, no tenemos nada. Ni casa, ni auto, ni plata, ni hijos, ni un matrimonio de años. Todo lo que hay está por conseguirse. Por ende, no hay riesgo. Pero a medida que atesoramos, un departamentito, una moto, un televisor, una pareja, nos vamos volviendo conservadores por ley de la naturaleza. Nadie quiere perder lo que ha conseguido. Entonces tiende a “conservarlo”. Ocurre que cuando uno está conforme con ese conservadurismo aplicado, entonces tampoco hay problema. El problema sobreviene cuando alguien no está conforme con su vida y, por el contrario, lo que tiene lo agobia, lo asfixia, lo sujeta. Allí sobreviene el riesgo de volver a empezar.
A los 30 sentimos que podemos y es el momento propicio para dar el portazo sin culpas, sin arrepentimientos quizás. A los 40 empezamos a creer que es posible conservar y renovar, que en una misma mano podemos tener la tranquilidad y seguridad de lo conseguido y el placer aventurero de lo por conseguir.
A los 50 nos damos cuenta de que eso es imposible. Y es cuando no nos queda mucha nafta para meternos en caminos desconocidos. Como dice un amigo mío: en una época me preocupaba que después de cada pelea mi mujer me amenazara con irse de la casa. Ya no. Ahora le digo: Má sí, andate adonde quieras. Total, ¿a dónde se va ir?
Uf, parece un manual de autoayuda, jaja, pro créanme que no lo es. Apenas son unas líneas para reflexionar sobre el asunto.
Historia de mi combate contra el frío en los pies
No puedo ganar esa batalla.
De chico mi mamá me ponía cancanes para ir a la escuela y era tan terrible mi vergüenza que apenas la perdía de vista (a mi mamá, no a la vergüenza que siempre me acompañó) me los sacaba en el primer escondite.
Supieron comprarme medias de lana gruesas pero no me entraban los zapatos y en casa no había presupuesto para comprar zapatos más grandes para el invierno y comunes para el verano. El mismo fenómeno ocurría al ponerme dos pares de medias.
Una vez probé con una bolsa de nylon pero los pies me transpiraron de tal manera que preferí sentir frío y no esa sensación pegajosa de sudor y plástico.
Crecí, entonces, con frío en las patas.
Con sigilo, averigüé la situación de mis compañeros, hermanos, primos, amigos del barrio y no sé por qué (nunca lo entendí) nadie parecía sufrir el mismo problema. Fingí una enfermedad para que mi madre me llevara al médico, pero una vez en el consultorio la vergüenza me impidió preguntar por mi situación (la vergüenza y mi mamá, cuya figura omnipresente no se separó un centímetro del médico y de mí).
Condenado a vivir aterido, los pies blanquísimos, los dedos continuamente contraídos, ya en la facultad buscaba los lugares más altos de las aulas porque el frío baja. Aspirina para el cáncer.
Ya adulto y dueño de mis recursos y mis tiempos, un flebólogo me dijo que tenía problemas de circulación y sugirió operarme. Mirá la solución que propuso!
Después se inventaron las medias “dry fit” pero producen el mismo efecto “transpirante” que las bolsas de nylon. Hay, también, medias para esquiadores que le dicen, pero te las venden con los zapatos ad hoc que son carísimos. Para mi casa, pensé en la loza radiante. Había ahorrado un dinero para la inversión inicial, caldera incluida… imposible pagar luego la boleta del gas.
Mi eterna vergüenza me impide usar por las noches la bolsa de agua caliente y cuando me olvido de cortarme las uñas mi mujer tampoco me deja cobijar mis patas en sus pantorillas.
Y acá estoy, esperando que los yanquis o los japoneses inventen algo. Y que los chinos lo fabriquen barato. O al menos que algún alma solidaria me diga al oído, con el mismo sigilo que yo he usado toda la vida, que también sufre de lo mismo.
Amigos reales y virtuales
Alguien me dijo (escribió) que en Internet encontraba más gente parecida a él que en la vida “real” y que por eso pasaba tanto tiempo conectado.
Fue un golpe de melancolía. Quizás de soledad. Pero, pensando sobre eso, recordando haber pasado por escuelas, por clubes, por boliches, renegando a veces por sentirme incomprendido, marginado, pensé que era cierto nomás. Internet, facebook en este caso, es un gran espacio de encuentro entre gente parecida. Algunos se juntan por intereses comerciales, otros por los recuerdos, por afinidades ideológicas, por odio, por soledad.
El otro punto es lo de la vida “real”. Acá estaríamos viviendo una vida “virtual” lo que en cierto modo representaría lo que no ocurre verdaderamente, lo que se parece, lo que “casi” es real.
Pero yo también encontré gente parecida a mí por estos lados. Y me enorgullezco de esta comunidad “virtual” que, en nuestro caso, se reúne para pensar, para sentir, para construir.
No sé (y tampoco sé si me interesa demasiado) cuán real es “esto”. Se que me alegra encontrar todos los días un mensaje, un enlace, una opinión, concordante o discordante, pero siempre (casi siempre) con el tono afectivo de los buenos amigos de la vida “real”.
Un fuerte abrazo. Felíz día.
El reino de los cielos
Bienaventurados los tristes y los solos.
Los justos.
Los tímidos, los perseverantes, los compasivos.
Bienaventurados los incautos, los tolerantes, los sometidos.
Los que sueñan.
Los que no pueden soñar.
Bienaventurado el tonto, el lento, el marginado,
bienaventurado el doliente, el ermitaño,
el que no puede sonreir.
Biaventurados los que lloran, los que dudan,
porque de ellos será el
reino de los cielos.
El negro blanco
Aunque la mayoría esté pensando en Michael Jackson, el título es un homenaje a un tira publicada por Clarín a fines de los 80, escrita y dibujada por Carlos Trillo y Ernesto García Seijas.
De todos modos, quería hablar de Michael Jackson. O, mejor dicho, reivindicar que, mientras no jodamos a los demás, todos estamos habilitados para hacer lo que se nos dé la gana.
Quiero decir que me interesa poco y nada si Jackson terminó siendo blanco por el vitiligo, como dicen sus fans, o porque era un negro renegado, como dicen sus detractores.
Hay una larga lista de gente (un poco más de seis mil millones de personas) que tienen derecho a hacer de su culo un pito, como decía mi tío Cacho Tombolini. Claro, mi tío Cacho sabía de qué hablaba: convivió décadas con una mujer que lo dejó seco de tanta crema humectante.
El mundo está lleno de rubias gracias a la tintura, y de tetonas, gracias a las siliconas, y los tachos de desperdicios de las clínicas estéticas están llenos de piel humana envejecida y pasada por el rebanador.
Cacho solía contarme que cuando perdió su pierna izquierda en un accidente, más que la funcionalidad de su “pata de plástico” le preocupaba el destino de la original. ¿Qué habrán hecho -se preguntaba-, la habrán llevado al zoológico, la habrán tirado a la basura así como así, la habrán quemado en algún horno macabro? ¿Que será de mi pierna ahora que no es más mía?
En cualquier caso, la pregunta de mi tío remite a otra. ¿A dónde van a parar las cosas que ya no somos? La negrura, en el caso de Michael Jackson.
Mi tío Cacho ha muerto hace un tiempo, así que debo remitirme al Beto, un amigo coetáneo y bailarín. Cuando Michael cantaba, cantaba un negro, dice, cuando componía, componía un negro, y cuando bailaba, bailaban todos los negros de la historia, los salvajes, los esclavos, los rebeldes, los libres, los presidentes. Eso dice Beto, porque a mí, como he escrito, nunca me gustó mucho Michael Jackson, pero si es para defender su negrura o su blancura, si es para sumarme al coro de los que pretenden vivir sin que les rompan las pelotas con chismes de peluquería, entonces me adhiero a tus funerales, MJ, y que descanses en paz.
La tierra adoptiva
Este es un escrito de agradecimiento. Ayer (sábado) presenté mi novela “Un país para César Ferri” en Río Tercero, la ciudad en la que crecí y en la que se formaron la mayoría de mis recuerdos imborrables.
Fueron dos horas cálidas, protectoras. Leímos, cantamos, cruzamos opiniones y sobre todo imágenes del pasado.
Linda noche. Me ayuda a responder la pregunta que nunca pude: ¿De dónde sos?
Nací en santa Rosa de Calamuchita, viví ocho años en San Francisco, diez en Río Tercero, y llevo ya bastante tiempo en la ciudad.
No sé “de dónde soy” pero sé que al menos tengo un lugar adonde volver.
Cosas con las que ya no puedo soñar
Me hubiese gustado ser futbolista o tenista o golfista. Me hubiese gustado ser la Madre Teresa y dedicar mi vida a asistir a los demás. También detective. Y neurocientífico y psicólogo. Me hubiese gustado ser neurocirujano y hasta intendente de una gran ciudad. O tocar el piano como Marta Argerich. Me hubiese gustado ser estrella de rock, sacarle al saxo todos los sonidos posibles y tocar el bandoneón como el Negro Juárez.
Pero, como dice un amigo mío, “si yo supiera hacer algo no sería periodista”.
Hoy tengo algunos años encima. No obstante, sacrificio mediante, podría estudiar y comprarme un piano eléctrico en cuotas y ensayar mucho y en diez o quince años capaz que pueda tocar algo parecido a la introducción que toca Charly García en “A los jóvenes de ayer”.
Hay cosas, muchas, que ya no voy a poder hacer. Cosas en las que ya no puedo soñar.
No puedo hacerle un gol a River en la Bombonera.
No puedo entrevistar a Borges.
No puedo conversar de la vida con mis abuelos.
No puedo ser mejor que Bobby Fischer o que Kasparov.
No puedo llenar el Central Park con mi recital.
No puedo cosechar los frutos de mi propio bosque de robles.
No puedo tirarme del trampolín más alto para enamorar a mi chica esquiva.
Pocas cosas, quizás, comparadas con todas las que aún tengo por hacer. Con todas en las que aún puedo soñar. Pero van a pasar los años y la lista irá creciendo. Inexorable. Y llegará el día en el que me enorgullezca de haber elegio lo que elegí y me arrepienta de haber descartado lo que descarté.
Ignorante y Feliz
“Si el precio de mi felicidad es mi ignorancia, prefiero ser un infeliz”. La frase tiene autores diversos y un mismo planteo esencial: ¿para qué vivimos?
Desde que adquirimos el lenguaje y las ideas complejas, el mandato natural de reproducirse no alcanza para explicar la presencia del hombre en la tierra. ¿Entonces?
Vuelvo a la ignorancia. Si no supiéramos de la pobreza. la injusticia, la impiedad, la muerte, la tortura, la indignidad, la mentira, etc, quizás nuestro paso por la vida sería más leve y feliz. Pero, ¿no es la felicidad nuestro objetivo?
A veces, como para no parecer insensibles, hacemos como que nos preocupamos, dirigimos algunos de nuestros actos hacia nuestros semejantes y luego nos encerramos en nuestro cofrecito feliz ( ¿o era cajita feliz?). Con todo, no se me ocurriría culpar a nadie por pretender ser feliz a costa de su propia ignorancia.
Aun así, el para qué, ni siquiera empieza a responderse.
Soy menos de lo que creo
Alguna vez escuché esta frase (y me gustó): las personas deberían ocupar los cargos inmediatamente inferiores a los que se sienten capacitadas.
De esta manera, Menem habría gobernado La Rioja y nada más, y el Chaqueño Palavecino cantaría en las peñas de Salta.
Mirá vos Bianchi, el virrey, un gran técnico al que pusieron de manager del fútbol con una fortuna de sueldo y acaba de estrellarse.
Entonces, apelando a la humildad de cada uno de nosotros, volvamos a las fuentes para que este sea un país mejor:
que Sergio Massa vuelva a la intendencia de Tigre,
Tinelli a relatar fútbol
Coria a Venado Tuerto
Néstor y Cristina a Santa Cruz
Macri a la presidencia de Boca
Cuadrado a SR 1 radio Santa Rosa
Giacomino a Hemoderivados
Juez a la legislatura
Schiaretti al ministerio de Industria
Mestre a la facultad
Manicero al Atlético Rafaela
Ahumada a México
Maradona a Mandiyú
etc…
Jaque a la ética
Un psiquiatra atiende un paciente que en la primer sesión admite tener SIDA. Lo trata durante un par de años. Al poco tiempo de abandonar la terapia, el paciente se pone de novio con la hija del psiquiatra.
Al parecer, ella no sabe que su novio está enfermo.
El psiqiatra duda. Poner a su hija al tanto de su situación significa romper el secreto profesional (al que está obligado en este caso por al menos dos leyes y tratados internacionales). Mantener el secreto profesional puede poner en riesgo la salud de su hija.
Entonces, ¿qué hace?
La enfermedad Miserable
“EL dengue es una enfermedad de la pobreza!, dicen unos, “el gobierno la tapa para que no se sepa que somos cada vez más pobres”. “No hay epidemia”, dicen otros, “están inflando el tema para criticar al gobierno nacional”.
Entre esos “axiomas!, hay, y eso es seguro, gente contagiada de dengue y gente que se murió por el dengue. El mismo director de Epidemiología nacional reconoció un brote pero uno de los más importantes de la historia.
Quiero decir que, sea o no, una enfermedad de la pobreza, refleje o no que el gobierno oculta para ocultar la situación general del país, el dengue se ha convertido en la enfermedad de la miseria. La miseria de quienes especulan incluso con la muerte y la peste, para que un muerto no sea una tragedia humana sino una estadística.
La maestra de sexto
Me acuerdo de mi maestra de sexto. No recuerdo qué me enseño (bastante supongo). Me acuerdo de ella. Chiquita, tímida, hablaba como si pretendiera desembarazarse del poder que le confería enseñar. La recuerdo por eso. Porque su autoridad devenía de su reclamo de afecto.
Quizás una mujer sola, de esas soledades perpetuas y frías, que daba clases para sentir el calor del aula. Por primera vez en mi vida me sentí protector.
Hubo otras, por cierto, antes y después, más de manual, más de la típica señorita que siempre tenía una palabra de comprensión o estímulo, otras cuyo recuerdo, aun difuminado, me remonta a la etapa en que todo parece ser eterno, y no quiero ser injusto con ellas. Pero la imagen de la de sexto me acompaña entre mis tesoros. Alguien que necesitaba de mí, que reclamaba desde su pequeñez que le diera ánimo.
¿Estará viejita ahora? ¿Más chiquita todavía? Por su recuerdo quiero y respeto a los maestros. Por su recuerdo siento que me necesitan. Por su recuerdo estoy de su lado.
Siempre. Del lado de los que enseñan. Del lado de los que aprenden. Del lado de los que esperan.
La amistad también se marchita
Hoy cumple años Javier. Javier es un amigo íntimo. Un hermano. Mis padres y los suyos nos retaban o felicitaban por igual a los dos. Un día se fue detrás de una mujer y al tiempo volvió con una historia y una angustia. Y seguimos creyendo que no había amores ni angustias
que pudieran con nuestra amistad. Después llegó el momento de ganarnos la vida. Y las cosas ya no fueron iguales. Empezamos a vernos poco, a hablar menos, a compartir casi nada.
Finalmente terminó de separarnos la crisis y la distancia. Hace años que no nos vemos. Que cada uno sabe del otro por algún mensajero ocasional. Ni sé si está en Facebook. O si él sabe que estoy. Creo que los dos creemos que el antiguo afecto es irrompible. Y que los dos
sabemos que estamos para cuando haga falta. Que la amistad es un concepto etéreo al que transporta el viento. Estoy seguro de que los dos dudamos de ese concepto. La necesidad de vivir, o sobrevivir, en el mundo algo rompió. Lo extraño. Y estoy convencido de que él me
extraña. Y a diferencia del amigo de la canción de Víctor Heredia, ninguno renunció a su sueño. A lo sumo lo postergó por unas décadas.
Hay cosas que no regresan. Que se marchitan. Hay sensaciones difíciles de soportar.
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Julio 16th, 2009 at 1:55 am
en esta pag. encuemtro tu verdadero yo…
Agosto 3rd, 2009 at 5:30 pm
estoy de acuerdo con vos con varios de tus comentarios.El de Dengue, M Jackson, etc. Me encantó el de la maestra de 6to. Tratá de averiguar q fué de ella!!! Soy maestra jardinera y día a día trato de darles lo mejor de mi a mis nenes. Espero q el día de mañana, varios se acuerden de mí como vos de ella!! Gracias x estar de nuestro lado!!
Agosto 22nd, 2009 at 3:41 pm
me encantan tus comentarios creo que sos muy inteligente y es un placer leerlos. suerte
Septiembre 1st, 2009 at 2:18 am
buenisimossssss
Octubre 13th, 2009 at 11:04 am
Encontré esta página de casualidad y me enganché leyéndola. Me gustó mucho encontrar al Jorge de carne y hueso expuesto en toda su plenitud. Y para que te sientas acompañado en tu desgracia, te cuento que yo también tengo los pies helados en invierno, algo que no consigo contrarrestar ni con dos pares de medias, polainas de lana y botas. Eso sí, la menopausia me trajo algo de alivio, porque con los calores se me calientan también los pies. Lástima que el efecto dura un par de minutos, nomás… Un abrazo, colega escritor de pies fríos. GRA.