Nicolás Marchetti I nmarchetti@lavozdelinterior.com.ar
Fito Páez ya es un hombre maduro. Parece estar en paz consigo mismo, con su pasado, y también con su apacible presente. Reconocido como parte importantísima del rock nacional, y por fin rodeado de su seres más queridos (sus hijos), en sus declaraciones se muestra simple, centrado y dispuesto al consenso. Parece que ya fue eso del “pibe triste y encantado” que llegó al tope de la popularidad y combatió con verborrágica grandilocuencia a quienes lo cuestionaban. Fito hoy atiende el teléfono con la risa en la voz, esperando el ida y vuelta con paciencia y buena predisposición. “Tengo tantas historias en Córdoba que no sabría por dónde empezar”, arranca Fito.
“Me acuerdo de mis vacaciones en Punilla cuando era chico, de los bolichones donde tocábamos en la época de Baglietto, de la primera vez en La Falda, de los conciertos con Charly en Atenas. Tuvimos tantas aventuras que no tengo memoria para acordarme de todas. De los 20 a los 30, creo que no me acuerdo nada”, comenta mientras ríe de nuevo y le vienen a la mente sus amigos de La Cumbre y Cuchi Corral.
Pero lo más importante es que Fito vuelve a Córdoba, una ciudad que lo espera para “consolidar su idilio con el rock y el pueblo”, según la definición de su amigo Calamaro, tras el reciente paso del rosarino por el Luna Park (a continuación mirá un video de Naturaleza sangre, en una versión blusera con Juanse). Eso equivaldría a reafirmarse en el mapa como un artista popular, y Fito lo es, quién lo duda.
Con casi 30 años de trayectoria, Páez deja un importantísimo legado que él mismo repasará en versiones crudas y afiladas, el sábado en La Vieja Usina, junto a sus amigos y coterráneos The Killer Burritos. ( fuente cordoba.net)
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